el fin del gigante

El fin de Google

Últimamente las multinacionales tecnológicas presumen del uso de inteligencia artificial, pero la verdad es que, hoy por hoy, utilizar la palabra inteligencia referida a los algoritmos informáticos empleados no deja de ser una profunda infravaloración del término y su significado.

Inteligencia artificiosa

Es verdad que se ha avanzado mucho en reconocimiento de imágenes, se han mejorado las traducciones haciendo que los humanos enseñen a las máquinas, se ha conseguido que los ordenadores se acerquen un poco más a interpretar correctamente el significado de algunas expresiones y se ha progresado en tecnologías predictivas. Y como es lógico, también se ha logrado que la inteligencia artificial sea más eficiente que la humana en determinadas áreas.

Con los avances en inteligencia artificial, los ordenadores también pueden reconocer elementos de una fotografía o un vídeo. Pueden identificar rostros, algunas expresiones faciales, escanear el audio para detectar palabras o localizar contenidos con derechos protegidos, pero por ahora seguirán siendo incapaces de detectar el valor artístico de una fotografía o la gracia de una escena en vídeo.

A pesar de todos los avances logrados hasta la fecha, ninguna de las técnicas de inteligencia artificial está exenta de errores. Los algoritmos más “inteligentes” de Google aún son incapaces de saber si un texto tiene un mínimo de calidad o si transmite con mayor o menor fortuna una idea. Por eso, siempre colocarán en mejor posición cualquier texto que cumpla fielmente con unas recomendaciones relacionadas con parámetros que pueden cuantificar.

Buscar nuevos caminos

Recordemos que Google llegó a ser lo que es por introducir en los buscadores tradicionales un factor de ordenación basado en la relevancia. Que hubiera muchos sitios con vínculos a una web indicaba que ésta debía tener relevancia. Una vez establecido esto, parecía evidente que los vínculos procedentes de lugares más relevantes debían aportar más valor que los que procedían de lugares con poca o nula relevancia.

Sobre esta idea inicial se han ido añadiendo nuevos criterios y complejos algoritmos, pero la base sigue siendo la misma.

Evidentemente a Google le va buena parte del negocio en devolver resultados coherentes con las búsquedas, pero ya solo puede conseguir esa coherencia dictando las condiciones y los factores que tendrán en consideración. Eso ha condicionado enormemente la creación de contenidos, que deben someterse a determinadas reglas, integrar determinados elementos y adoptar determinadas formas si quieren ser tenidos en consideración.

Dictadura digital

Es comprensible que esta situación pueda ser considerada por algunos algo parecido a una forma de dictadura. Usar determinados criterios, como por ejemplo el tiempo de estancia en una página, podría aportar información relevante, pero cuando es un dato que solo pueden conocer si se han añadido en ella códigos de Google, los resultados siempre serán sesgados y primarán aquellas páginas que hacen uso de sus productos.

La historia humana en general, y la de la informática en particular, está llena de imperios que cayeron y fueron reemplazados por otros. La supremacía digital que Microsoft ostentó en otros tiempos ahora pertenece a Google, entre otras cosas porque la primera no supo ver en su momento la importancia que iba a desarrollar internet en el futuro de la informática.

Google triunfó sobre otros buscadores porque dio con una mejor manera de  ordenar los resultados. Desde entonces legiones de especialistas intentan interpretar los algoritmos de Google y usan los más variados métodos con idea de influir en los resultados en un medio en el que la posición puede ser determinante en el éxito de un negocio. Google, por su lado, dicta recomendaciones y va modificando su algoritmo para intentar dejar fuera a aquellos que no los siguen.

Todo esto hace que la situación actual sea algo incoherente, ya que aunque ahora usen algoritmos de inteligencia artificial, éstos no dejan de ser básicos, específicos e insuficientes. Por ahora siguen obteniendo mejores resultados aquellos contenidos que siguen las recomendaciones del buscador. Pero lo que busca una persona no es el resultado que mejor haya aplicado las recomendaciones de Google, sino el que mejor responda su consulta.

Este juego del gato y el ratón —gente creando contenidos de forma que mejore su posición, y Google intentando devolver los resultados más relevantes— podría acabarse si se consiguiera avanzar en inteligencia artificial tanto como para poder devolver las cosas a la casilla de salida, cuando los contenidos no tenían que someterse a las reglas impuestas por los motores de búsqueda.

Ávidos de resultados

Como dije antes, Google llegó a ser lo que es por encontrar un método que permitía devolver resultados más fiables en las búsquedas y desde entonces ha avanzado bastante. Pero no hay duda de que, de la misma forma que en su momento desbancó a los buscadores más usados, si surgieran nuevos métodos capaces de entender inteligentemente lo que se busca y dar resultados más coherentes sin tener que imponerle al contenido el cumplimiento de determinados requisitos, las cosas podrían volver a cambiar.

En Google lo saben bien y por eso  han invertido enormes cifras en nuevas tecnologías como la computación cuántica y la inteligencia artificial. Tampoco han dejado de integrar servicios para hacerse más imprescindibles y explorar otras vías de negocio por si algún competidor llega antes a esa meta. Pero como ya ha ocurrido en el pasado, podría ser que el futuro no viniera de donde Google cree. Aunque todas las grandes compañías parecen tener claro que la inteligencia artificial jugará un papel importante, al final la clave no es la tecnología utilizada sino descubrir qué mejoras te darán ventaja sobre la competencia, y el futuro siempre ha tenido la cualidad de ser diferente de lo que se esperaba. No sería la primera vez que vemos caer a un gigante.

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